viernes, 9 de mayo de 2008

El quinto rinoceronte. La insólita aparición de un extraño mamífero en el mundo del arte y la anatomía.

En 1515, llegó a Lisboa el que fuera considerado como el primer ejemplar vivo de un rinoceronte en visitar el continente europeo. Este magnífico animal indio se llamaba Ganda, nombre impuesto en el idioma gujerati, derivado del sánscrito. Aunque es probable que algunos rinocerontes africanos hubieran sido exhibidos por los romanos en la capital de su imperio, Ganda sigue ostentando el título del ser el primero, quizá por la fama alcanzada luego de que fuera representado gráficamente por el artista alemán Durero. A pesar de sus obvias imprecisiones, el grabado ha sido considerado como la más influyente imagen de un animal en la historia del arte.


El primer rinoceronte, según grabado de Alberto Durero, quien lo dibujó sin haberlo visto. Imagen de dominio público.

Como dato curioso, el dibujo se basó en descripciones, pues Durero nunca conoció a Ganda. Desde Portugal, el rey Manuel I, en busca del fortalecimiento de sus relaciones comerciales, lo envió como un obsequio a Italia, pero el regalo nunca llegó a su destinatario, el Papa León X, pues el barco que transportaba al exótico ejemplar naufragó cerca a Porto Venere, en la costa de la región Liguria italiana, en 1516.
El rinoceronte de la India (Rhinoceros unicornis) es un fascinante mamífero unicorne cuyas patas característicamente tienen un número impar de dedos. Aunque la zoología científica nació hacia 1500, el estado de la ciencia en ese entonces no había sido capaz de desechar las leyendas de animales con poderes magníficos, cuya principal característica era la de poseer un cuerno entorchado, con propiedades medicinales. La solidez de la imagen popular del unicornio se basa en su cuerno único. Plinio lo describió con cuerpo de caballo, cabeza de ciervo, pies de elefante y cola de jabalí. En el imaginario medieval, el unicornio se asemejó con caballos, carneros, leopardos, zorros y liebres. Por su fuerza extraordinaria, para cazar al unicornio había que recurrir a una treta casi mágica: era necesario exponerlo ante una mujer virgen para que el animal saltara instintivamente a su regazo. Si la mujer no era pura, el unicornio la mataría con su cuerno. Por su cuerno de la salvación, la imagen del unicornio se ha asimilado a la de Cristo.
Hacia 1555, la descripción del narval por los exploradores del círculo ártico sirvió para fortalecer esta leyenda, probablemente basada en descripciones noveladas del rinoceronte indio, y reforzada por la creciente disponibilidad de cuernos entorchados que podían usarse como un cáliz, capaz de neutralizar cualquer veneno que se sirviera en dicha copa. Sólo hasta 1638 fue aclarada la leyenda del unicornio, por el médico y naturalista danés Ole Worm, a quien debemos la descripción de los huesos wormianos del cráneo, y quien fuera mencionado en una nota histórica previa por su relación indirecta con el descubrimiento del conducto de Wirsung en el páncreas.
El cuerno del narval (Monodon monoceros) corresponde realmente a su incisivo central izquierdo. A diferencia del mamífero cetáceo, el cuerno del rinoceronte carece de un núcleo óseo, y está compuesto por fibras de queratina, similares a una aglomeración de pelos. Las leyendas acerca del cuerno del rinoceronte incluyen sus propiedades medicinales y afrodisíacas, lo cual hizo que dichos cuernos fueran muy codiciados. Muchos rinocerontes han sido mutilados en busca de estas propiedades de sus cuernos. De los rinocerontes también se ha dicho que tienen una capacidad innata para detectar el fuego, y que poseen la inclinación instintiva de pisotear cualquier hoguera para apagarla. Aunque no parece existir evidencia científica de esta inclinación de bombero, esta leyenda ha trascendido hasta la cultura popular.
En Malayo, el rinoceronte es llamado badak. Quizá por adaptación fonética, el nombre del segundo ejemplar de este fascinante mamífero cornudo que visitó Europa, fue una hembra conocida como Abada, o Bada, y perteneció al rey Felipe II, de la corte española.
El rinoceronte que hoy nos ocupa es el quinto ejemplar en llegar a Europa. Se trataba de una hembra, llamada Clara. En 1738, cuando apenas tenía un mes, los padres de Clara fueron asesinados por cazadores en su natal India.



Rinoceronte indio en cautiverio. Zoológico de Filadelfia. Foto ©AJ Morillo, 1993.


La rinoceronte fue adoptada por el director de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie), el comerciante Jan Albert Sichterman. Clara, la rinoceronte, era un dócil ejemplar a quien se le permitía vagar libremente por la casa. En 1740, Clara pasó a manos de su nuevo dueño, Douwemout van der Meer, capitán del navío Knapenhof, en el cual Clara llegó al continente europeo. Desembarcó en Rotterdam el 22 de Julio de 1741, donde fue exhibida públicamente. En 1742 hizo su entrada al mundo de la anatomía, cuando fue dibujada por Jan Wandelaar, el ilustrador del anatomista Bernhard Albinus, como fondo de acompañamiento para un modelo detallado de la anatomía de los músculos profundos del cuerpo humano. En la siguiente placa de esa serie, que corresponde a una vista posterior de los mismos músculos, Clara es dibujada desde su cuarto trasero. Aunque se trataba de un dibujo científico, Clara ingresó, a través de la anatomía, al mundo del arte. Pero los viajes de Clara apenas comenzaban. En 1743, van der Meer la llevó a Bruselas, y un año más tarde la exhibió en Hamburgo. La primavera de 1746 la pasó en Hanover, de allí viajó a Berlín, donde fue visitada por Federico II de Prusia. A finales de ese año recibiría otra ilustre visita en Viena, de parte del emperador Francisco I y la emperatriz María Teresa. En 1747, hizo una nueva gira por el sur de Alemania; en Dresde hizo una nueva escala artística, pues allí posó para Johann Kaendler, de la fábrica de porcelanas Meissen. Augusto II, Rey de Polonia, la visitó en abril de ese año. Al llegar a Leipzig, Clara fue invitada por Federico II al naranjal del castillo de Kassel. En 1748 hizo una parada en Wurzburgo, ciudad donde fueron descubiertos los rayos X. En 1749 Luis XV la recibió en el palacio de Versalles. Su estadía en París causó gran sensación: poetas y cantores la evocaron en sus obras. Un navío francés fue bautizado Rhinocéros en su honor. En un nuevo viaje al mundo del arte pictórico, Jean Baptiste Oudry la dibujó al óleo, en tamaño natural. Del arte volvió a la ciencia, pues un dibujo suyo, basado en la pintura de Oudry, hizo parte de las láminas de la enciclopedia de Diderot y de la Historia Natural de Buffon. En 1956, Salvador Dalí creó una escultura llamada Rinoceronte vestido con puntillas. La combinación de los principios de la filosofía existencial con elementos dramáticos, da origen al Teatro del Absurdo, el cual presenta un mundo que no puede explicarse de manera lógica. Uno de los primeros ejemplos de esta modalidad teatral es El Rinoceronte, del rumano Eugene Ionesco, quien en 1958 crea un personaje central que encuentra que todas las personas de su pueblo se transforman paulatinamente en rinocerontes.
A diferencia del destino de Ganda, el viaje de Clara a Italia no terminó en naufragio. Clara visitó Nápoles y Roma, donde perdió su cuerno. Clara fue la estrella del carnaval de Venecia de 1751, y allí fue retratada por Pietro Longhi. A finales de 1751, sería visitada en Londres por la familia real británica.
Clara, la rinoceronte, murió el 14 de abril de 1758 en Londres.



El cuarto orden de los músculos. Vista frontal. Sin un mensaje diferente a la maravilla de la naturaleza y su creación divina, la rareza de la bestia se vuelve ornamental en sí misma. El rinoceronte ingresa al mundo de la anatomía a través del arte de Jan Wandelaar, ilustrador del anatomista Bernhard Albinus. Reproducida, con autorización, de: Hale RB, Coyle, T. Albinus on anatomy. Dover Publications Inc. NY, 1979.


Lecturas recomendadas
Hale RB, Coyle, T. Albinus on anatomy. With 80 original Albinus plates. Dover Publications Inc. NY, 1979.
Izzi, M. Diccionario ilustrado de los monstruos. Angeles, diablos, ogros, dragones, sirenas y otras criaturas del imaginario. Alejandria. Jose J de Olañeta (Ed.) Palma de Mallorca, 1996.
Ridley, G: Clara's Grand Tour: Travels with a Rhinoceros in Eighteenth-Century Europe, Atlantic Monthly Press, New York, 2005.
Rifkin BA, Ackerman MJ, Folkenberg, J: Human Anatomy (From the Renaissance to the Digital Age). Harry N Abrams, Inc., New York, 2006.


Nota Histórica aceptada para su publicación en la Revista Colombiana de Radiología, vol 18, No. 1.

martes, 6 de mayo de 2008

Soledad

eres grande
pero cabes en mí
eres luz y penumbra
eres cálida y fría
y sin embargo
me gusta tu abrigo
tu compañía
tu forma de jugar conmigo

eres espejo
reflejo
y caleidoscopio a la vez
me transportas
como a uno de tus cristales
y me das
tus sueños sin final
para terminarlos
mientras me duermo

eres fiel
cruel
y sin embargo
eres mi amiga,

Soledad.


©Mario Bonilla

domingo, 4 de mayo de 2008

Mario Bonilla visto por Aníbal J. Morillo, MD.

Nació en una ciudad con obelisco, algunos minutos antes de la sexta hora del día dieciocho de septiembre de 1960. Por haber vivido muy poco tiempo en su ciudad natal, él mismo se considera natural de Bogotá, Colombia, ciudad en la que ha permanecido la mayor parte de su vida.
Desde temprana edad tuvo dificultades para comunicarse con sus semejantes, hasta el punto de que su propia familia podía no tener indicios acerca de sus sentimientos hacia ellos, a pesar de considerarse él mismo como un acérrimo admirador de sus ancestros, una madre exageradamente adueñada de su papel como tal, y un padre médico, científico, y, en una palabra, genial.
Comenzó escribiendo para sí mismo, luego escribió para que lo quisieran más, pasó por momentos de inspiración en aras de la crítica, y finalmente reconoce que escribe por muchos motivos, mejor descritos por María Antonia Oliver:

“Los escritores dicen que escriben para que la gente les quiera más,
para la posteridad, para despejar los demonios personales, para
criticar el mundo que no gusta, para huir de sus neurosis, etc., etc.
Yo escribo por todas estas razones y porque escribiendo puedo ser yo misma.”

En muchos momentos de su vida prefirió la soledad, a la que varias veces consideró como su amiga, y a la que llamó alguna vez su «estado natural», pues dicho estado es común a todos los seres humanos que no hayan sido producto de un embarazo múltiple.
Hay quienes afirman que uno de los factores que pudo haber favorecido el desarrollo de su imaginación es precisamente la gran cantidad de momentos compartidos consigo mismo (nosce te ipsum), en los que descubrió su interés por toda clase de estímulos visuales.
Inventaba juegos en los que la luz, los reflejos y las sombras eran los protagonistas (1). Para algunos, no es coincidencia su afición por el cine y la fotografía, ni mucho menos su decisión de convertirse en un especialista médico en imágenes diagnósticas.
En su visión del mundo, siempre debería existir una explicación para cada evento, aunque ésta sea actualmente desconocida, o simplemente debida al azar. No hay cabida para lo que él llama «seres extraordinarios con poderes sobrenaturales», comúnmente conocidos como dioses. Su agnostiscismo se pudo haber incrementado cuando comenzó a leer a Kurt Vonnegut Jr., quien se convirtiera en su autor favorito en el idioma inglés.
Superada –por lo menos parcialmente– su exagerada timidez juvenil, pronto descubrió que las letras y el humor eran un canal de comunicación aceptable. Comenzó a escribir sus primeras frases con autopercibida coherencia literaria a la edad de quince años, en forma de cuentos y ensayos que publicaba ocasionalmente en «Sobre el Tapete», el periódico escolar de cuyo primer Comité Redactor fue miembro. Esos textos constituyen verdaderas «piezas de colección», cuyos originales parecen haberse extraviado para siempre.
En aquella época prefería divulgar sus escritos utilizando diversos seudónimos, ya sea mediante anagramas basados en las letras de sus nombres y apellidos, o aquel ridículo nombre de «B. Yutreg Kinopl», nacido aleatoriamente entre las teclas de una vieja máquina de escribir de su padre. Muchos años después, retomaría su inclinación hacia el periodismo informal, al participar en «El Tiempo de Relajación», un proyecto de periódico que distribuía en su trabajo, y en el que hacía las veces de autor, diagramador, redactor y editor.
Aunque ha dicho que preferiría escribir en prosa, a Mario Bonilla se le conoce más por el uso de frases cortas, de longitud variada, rima sospechosa y métrica dudosa, estilo éste que se constituyó en su forma de expresión predominante y que llegó a ser considerado por autocríticos de su obra inédita como «poesía» (2).
Sus principales escritos – casi todos inéditos hasta ahora- han sido recopilados y distribuidos informalmente bajo títulos como «Anotaciones Vitales», «Proyecto Número Uno y Otros Versos en Proyecto» y varias versiones de «Busco Una Palabra».
El surgimiento de las bitácoras virtuales o «blogs» y la ocasional oportunidad que ofrecen las revistas científicas para la publicación de artículos de temas esotéricos, históricos o de «índole cultural», ha permitido una tímida incursión de Bonilla en espacios de divulgación cada vez mayor (por lo menos, más «abierta»). Sin embargo, sus proyectos seudoliterarios siguen siendo, quizá merecidamente, poco conocidos. Sus anotaciones están basadas en hechos reales o ficticios, están inspirados en una o varias personas y han sido logradas por una combinación de ingenio, palabras y suerte. Para Bonilla, hay personas o situaciones que tienen «potencial literario», a la vez que hay otras con «potencial cinematográfico». Las primeras pueden terminar mencionadas –o no- en sus escritos, las segundas podrían convertirse en imágenes o -¿quién sabe?-, en guiones para una película.
En Mario Bonilla es fácil identificar varios estilos, frecuentemente inspirados en técnicas previamente divulgadas por reconocidos escritores (estilo que algunos han dado en llamar plagio). Para aproximarse a Bonilla, es preciso tener en cuenta que el autor ha eliminado el orden cronológico de varios de sus escritos, con la intención de aislarlos de sus momentos de crisis vitales. En muchos casos, se ha perdido por completo la pista del año o la época en que escribe. Por ello, la mejor manera de comprenderlo, si éste fuera uno de los objetivos del lector, puede ser el dejar al azar el orden en que se lee a Mario Bonilla.
Mario Bonilla es el seudónimo anagramático de Aníbal Morillo: médico, radiólogo, verbófilo, soñador.
Sus recopiladores han encontrado textos relevantes escritos por él desde 1976.
Además de sus dos páginas virtuales, una negra y una blanca, se rumora que tiene «en el horno» la idea de completar el espectro con una página gris...

Referencias imaginarias o irrelevantes
1. Alejo Molleros Binatarazi: Mario Bonilla: Aproximación hacia un Voyeurismo Pragmático. Editorial Visión. 1978.
2. B Yutreg Kinopl: Mario Bonilla: Una nueva forma de poesía. Revista Ensaos y Errores, 1977.
3. http://ajmorillo.blogspot.com/
4. http://www.palviento.blogspot.com/

LAS BRASAS DE TU RASTRO

Epígrafe postscripto:

En tu mano comí la sal de tu silencio
como una dócil bestia dispuesta al sacrificio.
Mi sed durará siglos.
Piedad Bonnett


En la intangible inmensidad de la tristeza
la soledad se mide con palabras.
Para poder cantarle a la tristeza
habría que llorar con lágrimas de sangre.

Tendría que escribir un largo verso
después de cada noche de tormenta.
Tendría que hablar con voz de trueno
para ensordecer al mundo con mi grito.

Tendría que tener la fuerza del relámpago
para iluminar en un segundo mil caminos.
Tendría que romper muchos espejos
para espantar todos tus fantasmas.

Tendría que quemar tantas de tus cartas
para incendiar todos tus recuerdos.
Tendría que pisar descalzo las brasas de tu rastro
y asfixiarme en el perfume de tu humo.

Tendría que olvidarte a mi lado
para volver a caminar sin sentir miedo.
En la impalpable dimensión de la tristeza
Habría que dar los pasos con palabras.


©Mario Bonilla, 1993

sábado, 3 de mayo de 2008

De siglos y milenios

Ocho años atrás, hice algunas cuentas para tratar de entender porqué habríamos de celebrar dos veces el cambio de milenio con tan sólo un año de diferencia:


Cerca de cuatrocientos años antes de nuestra era, el astrónomo babilonio Metón intentó medir el tiempo y descubrió que si utilizaba un período de diecinueve años, en el que asignaba trece meses a siete años y doce meses a los doce años restantes, se podían usar las fases de la luna, fácilmente visibles, como base para un calendario. Sin embargo, este calendario metónico, con sus ciclos de diecinueve años, resultó demasiado complicado como para ser utilizado cotidianamente.
Cerca de cuatro mil años atrás, los egipcios ya habían decidido escapar a las ataduras de un ciclo tan difícilmente divisible como el lunar y el solar, y basaron su calendario en un fenómeno mucho más predecible: el ritmo del Nilo. La puntual crecida anual de sus aguas determinaba los momentos más propicios para la siembra y la cosecha. Muy pronto, los egipcios se dieron cuenta de que un sistema de doce meses iguales de treinta días, al que se le agregaban cinco días para completar el año (días que después fueron llamados epagomenales, por no pertenecer a ningún mes), constituía un método práctico para medir el tiempo, con la función primordial de un calendario: ser capaz de unificar las actividades de una sociedad, lo que permitiría la cooperación entre los individuos para la realización de proyectos comunes.
El planeta tierra da una vuelta alrededor de su eje cada veintitrés horas, cincuenta y seis minutos y cuatro segundos. La aproximación a veinticuatro horas es una solución práctica, y a simple vista no parecería capaz de afectar la vida de una persona. De hecho, el calendario egipcio fue adoptado por los griegos, y sobrevivió muchos siglos, a pesar de su acumulada inexactitud. El año solar real es de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos.
El calendario romano antiguo, introducido por Rómulo unos setecientos años antes de Cristo, constaba de diez meses y comenzaba con el mes Martius, en honor al dios de la agricultura (después dios de la guerra), Marte. Septiembre debía su nombre a que era el séptimo mes; sólo después de casi 650 años, el astrónomo Sosígenes, por encargo de Julio César, se basó en el ciclo solar, en vez del lunar, para agregar los dos primeros meses del año y crear el calendario juliano, en el que se fundamenta el método actual de medir el tiempo en el mundo occidental.
El cristianismo dio origen a una serie de festividades cuyas fechas debían calcularse con precisión, para que su celebración tuviera una representación simbólica y conservara el poder de congregación que se espera de un evento universal, como lo debe ser la celebración de la Pascua, fiesta de resurrección que forma el pilar fundamental de dicha religión.
Una de las fechas cruciales para el cálculo del domingo de Pascua es el momento en el cual en nuestro planeta, el día y la noche tienen exactamente la misma duración (equinoccio), fenómeno que sucede sólo dos veces al año, marcando el inicio de la primavera y del otoño. La fecha oficial para el comienzo de la estación que representa la abundancia, debe ocurrir siempre el día 21 de marzo. La diferencia entre los calendarios egipcio y solar implicaba una acumulación de once minutos anuales: esto llevó a que, en el año 1582, la fecha para el equinoccio de primavera fuera el día 11 de marzo.
En ese mismo año, por un decreto papal, dictado por Gregorio XIII, con el que pretendía reajustar estas fechas, se ordenó que después del día 4 de octubre siguiera el día 15, con lo cual se restablecería el orden, para que al año siguiente el equinoccio de primavera volviera a ocurrir el día 21 de marzo. Para prevenir la reaparición de este error, se omitió el año bisiesto en los años que terminan en centenas, excepto si fuesen divisibles por 400 (es por esto que el año 2000 sí es bisiesto). Como era de esperarse, hubo reacciones diversas a este decreto papal. En el campo laboral, muchos empleadores se negaron a pagar una quincena completa, ¡pues el mismo Papa había eliminado diez días de trabajo! Dentro del cristianismo, algunos se negaron a aceptar la reforma, por el hecho de haberse originado en Roma; las colonias americanas de la Inglaterra protestante sólo se acogieron a estos cambios casi doscientos años después del decreto del Papa Gregorio XIII. Por este motivo, el nacimiento de George Washington, ocurrido el 11 de febrero de 1751, pasó a celebrarse el 22 de febrero de 1752.
El debate secular que hoy sigue siendo materia de discusión –y que se hace más candente cada vez que se aproxima un cambio de siglo, o en este caso, uno de milenio- se debió a un gran error de un pequeño hombre, cometido en el siglo VI. Dionisio el Bajo, (Dionysius Exiguus), un monje de baja estatura -de ahí su nombre-, a quien se le ordenó preparar una cronología para el Papa san Juan I, decidió comenzar la cuenta de nuestra era actual con la fecha de la fundación de Roma.
Según sus equivocados cálculos, el nacimiento de Cristo ocurrió en el año 753 A.U.C. (ab urbe condita -desde la fundación de la ciudad [Roma]). Ocho días después del supuesto nacimiento (¡el cual debió realmente ocurrir unos cuatro años antes de Cristo!), asignó la celebración de la Fiesta de la Circuncisión, que desde entonces coincidiría con nuestro Año Nuevo. Dionisio convirtió el 1º de enero del año 754 AUC en el año 1 A.D. (Anno Domini, o Año del Señor). Suponiendo que la fecha de nacimiento fuera correcta, a diferencia del resto de la humanidad, a ocho días de haber nacido, ¡Jesucristo ya tenía un año de vida!
No se cumple un año sino hasta después de doce meses de vida. La segunda década de la vida se inicia cuando se cumplen diez años. Sin embargo, al omitir el primer año de vida de Jesucristo, Dionisio nos obligó a que cada siglo, que corresponde a un período de cien años, y cada milenio, que a su vez representa un período de mil años, cambie entre los años terminados en 00 y los terminados en 01. A pesar de las preferencias estéticas o personales, como nunca existió un año cero, según estos cálculos, el año 1999 no es el último del siglo. El cambio de siglo -y de milenio- debe ocurrir cuando se completen cien y mil años respectivamente, es decir, el primer día del año 2001. A pesar del despliegue de fenómenos que sí ocurrirán con el cambio al año 2000, como el posible desastre de la informática conocido como el efecto A2K, algunos visionarios de la literatura y el cine prefirieron basar sus famosas obras -como 2001: Odisea del Espacio, convertida en clásico del séptimo arte por el recién fallecido genio cinematográfico Stanley Kubrick- ciñéndose al rigor matemático.
El manejo del tiempo a lo largo de los años puede resultar tan artificial como las cábalas relacionadas con el fin del mundo como lo conocemos, o como los anuncios fallidos de la llegada de una era apocalíptica y definitiva para todos. Aunque siempre parezca sensato hacer planes para una vida inmediata mejor, no es necesario invertir una gran cantidad de energía -predominantemente publicitaria- en celebraciones de fechas que no tienen fundamento ni significado universales.
¿O acaso se equivocarán miles de millones de chinos al celebrar su próximo año nuevo -el 4698, año del dragón- el próximo 5 de febrero?
¡Feliz Año 2000!

Corolario (2008):
El calendario chino consta de una serie de trece animales que se repiten cada vez que se acabe la lista. Así, el zodíaco chino no se basa en descripciones de la posición aparente del sol con relación a las estrellas que forman las que conocemos como constelaciones sino en las características que se supone describen a dichos animales. A partir de nuestro año 2000, los animales y las fechas en que se inicia cada año son los siguientes:

4698 dragón, febrero 5 de 2000
4699 culebra, enero 24 de 2001
4700 caballo, febrero 12 de 2002
4701 cordero, febrero 1o de 2003
4702 mono, enero 22 de 2004
4703 gallo, febrero 9 de 2005
4704 perro, enero 26 de 2006
4705 jabalí, febrero 18 de 2007
4706 rata, febrero 7 de 2008
4707 buey, febrero 26 de 2009
4708 tigre, febrero 10 de 2010
4709 conejo, febrero 3 de 2011
4710 dragón, enero 23 de 2012

La cuenta puede hacerse igual hacia atrás, de donde me resulta fácil calcular que mi año de nacimiento corresponde al año de la rata.

Corolario II
Las constelaciones se ajustaron a los doce meses, de manera tan arbitraria como las figuras que supuestamente representaban los asterismos, o figuras imaginarias que parecen conformar las estrellas en el cielo. Su interpretación varía entre las diferentes culturas. Si para los griegos y romanos una figura podía parecer un escorpión, para los maoríes el mismo grupo de estrellas parece un anzuelo. En general, las estrellas que conforman esos asterismos no están cerca unas de las otras, ni tienen otra relación entre sí, fuera de estar hechas de gases similares.
Para ajustar los doce meses, fue necesario eliminar a la constelación que representa a Ofiuco, a pesar de que el sol, en su curso aparente por la bóveda celeste, atraviesa el cuerpo de ese gigante. Al ajustar las constelaciones a doce períodos iguales, la teoría se contradice, pues hay constelaciones que ocupan un espacio aparente mucho mayor que otras en la bóveda celeste. Así, las trece constelaciones por las que el sol parece cruzar,tienen fechas que son proporcionales a su tamaño, y que podrían hacer estremecer a quienes descubran que estaban leyendo el pronóstico equivocado que le deparan los astros (quizá eso cambie su suerte, ahora que pueden corregir el error). Aquí están las fechas de las 13 constelaciones del zodíaco real, cuyos períodos siempre se traslapan. Consulte su astrólogo de cabecera en caso de que su fecha coincida con dos constelaciones, o si su signo resulta no estar en la lista de los elegidos.

Capricornio: enero 19 a febrero 18
Acuario: febrero 18 a marzo 13
Piscis: marzo 13 a abril 20
Aries: abril 20 a mayo 13
Tauro: mayo 13 a junio 21
Géminis: junio 21 a julio 20
Cáncer: julio 20 a agosto 11
Leo: agosto 11 a septiembre 18
Virgo: septiembre 18 a noviembre 1o
Libra: noviembre 1o a noviembre 22
Escorpión: noviembre 22 a diciembre 1o
Ofiuco: diciembre 1o a diciembre 19
Sagitario: diciembre 19 a enero 19

Corolario 3
Igual de artificial resulta el calendario de la patafísica, creada como un movimiento que algunos asimilan al surrealismo. La patafísica ha sido definida como la «Ciencia de las soluciones imaginarias que acuerda simbólicamente a los lineamientos las propiedades de los objetos descritos por su virtualidad». Se le llama así por estar después de lo que queda más allá de la física (la metafísica). Se le atribuye a Alfred Jarry la creación de un calendario propio, con meses de 28 días, excepto gidouille, de 29. Los meses del calendario patafísico son:
absolu
haha
as
sable
decervelage
gueules
pedale
clinamen
palotin
merdre
gidoulle
tatane
phalle

Una luz en la penumbra. Algunos apartes de la vida y obra de Wilhelm Conrad Röntgen.

El descubrimiento

El Instituto de Física de la Universidad de Wurzburgo funcionaba en un edificio de tres pisos sobre la amplia avenida Pleicher Ring, donde además tenían su residencia el profesor Wilhelm Conrad Röntgen y su esposa Anna Bertha Ludwig. En el tercer piso estaban las habitaciones del matrimonio Röntgen. Tenían un invernadero, lugar de descanso favorito de la Sra. Anna Bertha.
El profesor, Director del Instituto de Física y para ese entonces Rector de la Universidad de Wurzburgo, tenía la costumbre de trabajar solo en su laboratorio, que funcionaba en el primer piso, en la oficina 119A.
Era la tarde del viernes 8 de noviembre de 1895. Röntgen estudiaba las propiedades de los rayos catódicos, ya descritos por Philipp Lenard. Estos rayos invisibles eran capaces de producir luz al chocar con algunas sustancias, fenómeno conocido como fluorescencia. La luz emitida por el tubo de rayos catódicos interfería con sus observaciones, por lo que Röntgen decidió cubrir el tubo con trozos de cartón negro. Para verificar que el tubo había quedado adecuadamente recubierto, apagó las luces del laboratorio e hizo circular corriente por el tubo. Satisfecho con los resultados, se disponía a encender las luces cuando observó una tenue luz que provenía de una mesa cercana. Desconectó el tubo y lo volvió a conectar varias veces. Pudo darse cuenta que la luz era producida cada vez que activaba el tubo de rayos catódicos. Encendió un fósforo para ver el origen de esa extraña luz, y descubrió una placa recubierta de una sustancia fluorescente, la cianoplatinita o platinocianuro de bario (BaPt(CN)4 · 4H20), un compuesto amarillento preparado por el químico Leopold Gmelin, de Heidelberg.
En los laboratorios de la época, los científicos contaban con una gran variedad de equipos, artefactos, herramientas y sustancias, por lo que no era raro que hubiera placas fotográficas, bobinas y otros elementos disímiles en un mismo ambiente de trabajo. Aunque no es claro el origen de la cianoplatinita en el laboratorio de Röntgen, no parece haber tenido dificultades para obtenerla. Lenard, en cambio, nunca tuvo fácil acceso a esta sustancia fluorescente, pues su jefe, Heinrich Hertz, mantenía estos elementos bajo llave. Con dificultad, Lenard logró convencer al Sr. Wirtz, asistente del laboratorio, de que le prestara momentáneamente algunos de los frascos de la «colección de platinocianuros» de Hertz. Lenard escasamente podía observar su fluorescencia al acercarlos a su tubo de rayos catódicos, e inmediatamente tenía que cerrar los frascos y entregarlos, sin poder analizar a fondo este fenómeno.
Cuando es estimulada por rayos X, la cianoplatinita emite luz a una frecuencia de 485 a 565 nm, que es de un color amarillo verdoso. En condiciones de penumbra, los bastones de la retina responden con mayor sensibilidad a las frecuencias que se encuentran entre 470 y 555 nm. Por una magnífica coincidencia, la cianoplatinita con que Röntgen contaba resultó ser la sustancia perfecta para ser detectada en las condiciones de oscuridad en las que se encontraba su laboratorio, pues su emisión máxima, a 515 nm, está muy cercana a la sensibilidad máxima de la retina en la oscuridad, 510 nm. Es posible que la falta de acceso a la sustancia fluorescente más sensible a los rayos X haya sido uno de los principales factores que impidieron que Lenard se diera cuenta de la existencia de dichos rayos durante sus propios experimentos. Pero hay otra coincidencia magnífica, de gran relevancia para el descubrimiento: Röntgen era daltónico. Aunque no es posible predecir la manera en que el profesor veía, se sabe que para los daltónicos la luz en la frecuencia de 500 nm no es vista de color verde, sino neutra, es decir, como un destello blanco. Esto significa que Röntgen era la persona perfecta para estar en condiciones de penumbra, pues su discromatopsia lo hacía más sensible a la luz emitida por la mejor sustancia posible para tener en esas condiciones, el patinocianuro de Bario. Lo que siguió no fue una coincidencia sino un claro ejemplo de método científico. Röntgen repitió el experimento varias veces, con cambios en la distancia entre la lámina fluorescente y el tubo, y pudo verificar que siempre se reproducía la fluorescencia.
Sólo había una posibilidad: alguna clase de emanación proveniente del tubo producía efectos fluorescentes, a una distancia mucho mayor que la conocida para el caso de los rayos catódicos. Si esta emanación era capaz de atravesar una capa de cartón, Röntgen quiso saber si sería posible que penetrara a través de otras sustancias. Interpuso hojas de papel, libros encuadernados de cerca de mil páginas y bloques de madera de pino, obteniendo resultados similares. El plomo y el aluminio parecían detener por completo este efecto. Mientras sostenía algunos de estos objetos, detectó un fenómeno sorprendente, que lo hizo considerar si lo que realmente pasaba era que se estaba volviendo loco: su mano producía una sombra que se proyectaba sobre la lámina fluorescente, pero esta sombra era muy peculiar, pues dejaba ver las partes invisibles de su mano, es decir, sus huesos. Las partes visibles, como la piel y las uñas, no se observaban en la sombra.
Durante las siguientes 7 semanas se dedicó de lleno a su trabajo de investigación. Su esposa refirió que Wilhelm cenaba encerrado en el laboratorio, e incluso trasladó su habitación allí, donde tendría la oportunidad de probar al instante cualquier nueva idea que se le ocurriera, de día o de noche. Trabajó en secreto hasta estar seguro de la validez de sus observaciones, antes de presentarlas ante la comunidad científica. Una tarde, persuadió a su esposa a que le ayudara con uno de sus experimentos. El resultado, la primera radiografía de un ser humano, la mano de Anna Bertha Röntgen. Al ver la fotografía, Bertha difícilmente creyó que esa huesuda mano era la suya, y se estremeció al pensar que podía ver su esqueleto. No quiso volver a participar en los trabajos de su esposo, pues la experiencia le pareció como una vaga premonición de la muerte.
Para el profesor Röntgen, el registro fotográfico de los huesos de la mano de su esposa fue la confirmación de que no estaba alucinando. El profesor Röntgen utilizó varias placas fotográficas, con las que pudo obtener registros de diversos objetos fotografiados con esta nueva «luz», invisible al ojo humano y nunca antes registrada.
Luego de sus meticulosos experimentos, Röntgen se convenció de estar frente a un descubrimiento nuevo, y preparó un corto manuscrito titulado «Sobre un Nuevo Tipo de Rayos», que entregó al Secretario de la Sociedad Física y Médica de Wurzburgo, el 28 de diciembre de 1895.
Según la norma de esa Sociedad, antes de su publicación, se requería de la presentación oral de los trabajos. Dada la magnitud de su descubrimiento, Röntgen solicitó su publicación sin haberlo presentado previamente, pues no habría más reuniones de la Sociedad sino hasta el nuevo año. Este manuscrito histórico apareció en las últimas diez páginas del volumen de la Sociedad correspondiente a 1895, y recopila las extensas observaciones de Röntgen acerca de los «rayos X», denominados así por su naturaleza desconocida.

Divulgación de la noticia

Para acelerar la lectura crítica de su trabajo, el profesor envió copias de su artículo a algunos físicos reconocidos, muchos de los cuales eran sus amigos personales. Entre ellos, uno de sus condiscípulos, el profesor Franz Serafin Exner de Viena, quien, tras recibir el «paquete» de año nuevo, divulgó el descubrimiento entre algunos colegas, incluyendo al profesor Ernst Lecher de Praga. El padre de Lecher era entonces el editor del periódico local «Die Presse». Reconociendo el inmenso valor noticioso del descubrimiento, preparó de inmediato un artículo acerca del revolucionario descubrimiento del «profesor de Wurzburgo» para la edición de la mañana siguiente, la del 5 de enero de 1896. En esta edición se cometió un error al transcribir el nombre del descubridor, quien por ese día se llamó «Routgen». A propósito, el apellido del descubridor de los rayos X se escribe Röntgen. En español, lo correcto es que se conserve dicha grafía. La carencia de diéresis en el idioma inglés llevó a la transformación de la ö por el grafismo oe, Roentgen. Es un error transcribir al español el apellido alemán con la grafía inglesa. A pesar de su error tipográfico, el editor del periódico vienés fue lo suficientemente perceptivo como para escribir que

« ...biólogos y médicos, especialmente los cirujanos, se interesarán
en este nuevo Rayo, en la medida en que se pueden abrir nuevos
caminos con fines diagnósticos.»

La noticia fue copiada por otros periódicos europeos; El «Daily Telegraph» de Londres tenía un corresponsal en Austria, quien telegrafió la noticia a su periódico. A su vez, un corresponsal del «Sun» de Nueva York envió por cable la noticia a su diario. Gracias a la diferencia horaria, la noticia apareció a ambos lados del Océano Atlántico el mismo día: el 6 de enero de 1896.
Para el 7 de enero, la noticia se había diseminado a través de los periódicos del sindicato de «Associated Press», al que pertenecía el «Sun» de Nueva York. En el «St. Louis Dispatch» , el descubrimiento fue comparado con un fenómeno sobrenatural. Irónicamente, el periódico de Wurzburgo anunciaría el sensacional descubrimiento sólo hasta el 9 de enero. La noticia llegó a Colombia gracias a una carta que escribiera Don Ángel Cuervo, residente en París, a su hermano Rufino José Cuervo, en la que le informa de la «luz X... que transparenta el cuerpo.»
La carta, fechada el 25 de Enero de 1896, fue publicada en el diario Bogotano «La Época», el primero en difundir la noticia en nuestro medio. Algunos apartes de dicha carta (sic):

«...El lunes último oí dar cuenta en la Academia de Ciencias de un
descubrimiento pasmoso hecho en Alemania. Ví reproducida en un
negativo una mano abierta de tamaño natural, y al acercarme y verla
contra la luz observé que se descubrían los huesos. La luz X (equis),
como la llama el profesor Rœutgue, tiene tan misteriosa potencia que
hace penetrar la fotografía hasta los huesos, pasando por la carne como
por vidrio. Con esta luz se transparenta el cuerpo, y graduándola se
puede ir descubriendo lo que hay en el interior, de modo que el desarreglo
de los órganos, los tumores ó cualquier otro daño aparecen á la vista del
médico ó del cirujano para que sepan lo que tienen entre manos y no
receten ó corten a ciegas como en ocasiones acontece...
Saludes...Su amigo de corazón, A. Cuervo.»

En la primera semana después del anuncio de su descubrimiento, Röntgen recibió cerca de un millar de cartas. La exagerada reacción de la comunidad científica y del público en general llevó a la invasión de la privacidad de los esposos Röntgen, con robos de «recuerdos» del laboratorio del famoso profesor. Sin embargo, Röntgen mantuvo siempre su sobriedad y modestia, y, ante los intereses económicos manifestados por algunos empresarios hacia su descubrimiento, declaró que

«de acuerdo con la buena tradición de los profesores
de la universidad Alemana, soy de la opinión de que los
descubrimientos e inventos pertenecen a la humanidad
y no deben ser limitados por patentes, licencias o
contratos, ni deben ser controlados por grupos exclusivos.»

Al respecto, Tomás Edison comentó:

«El profesor es de esos científicos puros que estudian
por el placer de explorar los secretos de la naturaleza.»

El descubridor

Después de conocerse el descubrimiento, el público se interesó por el hombre detrás de la ciencia. Como el origen de la noticia fue la ciudad de Viena, se pensó que el profesor era de Austria. Muy pronto se presentaron datos biográficos más acertados, que calmaron las ansias de los curiosos.
Wilhelm Conrad Röntgen nació en Lennep, Alemania, el 27 de marzo de 1845. Fue hijo único de Friederich Conrad, artesano y mercader en textiles, y su prima hermana Charlotte Constance Frowein, que provenía de una familia holandesa reconocida en los círculos industriales. La casa natal de Röntgen fue restaurada y convertida en biblioteca, como parte de un museo en honor al descubridor de los rayos X. No es clara la dirección de su residencia original, pues hay quienes aseguran que la dirección correcta es el 187 (o 287) de la calle del correo (Poststrasse), aunque también se menciona el mercado de los gansos (Gaensemarkt 1) como la dirección correcta. Cerca de allí, en el 41 de Schwelmer Strasse, se encuentra el resto del Röntgen Museum de Lennep. Cuando Wilhelm cumplió 3 años, la familia se mudó a la siguiente dirección en Apeldoorn, Holanda: 171 Hoofdstaat.
A los 17 años, Röntgen se trasladó a la casa de la familia Gunning (No. 62 de Nieuwegracht) en Utrecht, para comenzar sus estudios en la Escuela Técnica. Esta escuela preparaba a sus estudiantes durante dos años para su ingreso a una escuela técnica superior. Siendo un estudiante promedio, se enfrentó a un problema disciplinario que casi le cuesta su carrera académica. Por no divulgar el nombre de un compañero que hizo una caricatura de uno de los profesores, Röntgen asumió la culpa y fue expulsado de la escuela. Como pudo aclararlo el alcalde de Lennep en un acto conmemorativo del centenario del descubrimiento de los rayos X, la caricatura no fue dibujada sobre el tablero del salón de clases, sino sobre la superficie de la estufa que se usaba como sistema de calefacción.
Friederich Conrad Röntgen tuvo que esforzarse para obtener el permiso para que a su hijo se le realizara un examen privado que le daría el diploma o «abitur», credencial requerida para ingresar a la universidad. Durante casi un año, Wilhelm se preparó para este examen, logrando en este tiempo la comprensión y reconocimiento de su instructor. Sin embargo, llegado el momento de la prueba, su examinador se enfermó y fue sustituído a última hora por un profesor que había tomado parte activa en la previa expulsión de Röntgen. El examen no fue aprobado, y sus padres aceptaron con resignación el hecho de que su hijo no se había logrado adaptar al sistema educativo Holandés. Afortunadamente, recibieron de un amigo la noticia de que la Escuela Politécnica de Zurich aceptaba estudiantes sin las credenciales habituales, siempre y cuando lograran pasar un difícil examen de admisión. De esta manera, Wilhelm comenzó sus clases en 1865, y recibió su diploma de Ingeniero Mecánico dos y medio años después. Irónicamente, en su formación, Röntgen recibió un solo curso en física, dictado por el profesor Rudolf Clausius, hoy reconocido como el padre de la Termodinámica.
De todos sus profesores, el que mayor influencia ejerció sobre el joven Röntgen fue August Kundt, un brillante físico que remplazó a Clausius en la Dirección de Física en la Escuela Politécnica. Después de graduarse, Röntgen permaneció en el laboratorio de Kundt. Luego de un año, presentó su tesis ante la Universidad de Zurich, y recibió su Doctorado en Filosofía en Junio 22 de 1869.
Durante su estadía en Zurich, Röntgen, que vivía en el número 7 de Seilergraben, frecuentaba el popular café estudiantil «Zum Grünen Glas», nombre que ha sido traducido como «El Vaso Verde». El café era atendido por su propietario, Johann Gottfried Ludwig. Wilhelm se enamoró de una de las meseras, seis años mayor que él. Era nada menos que la hija del dueño del local, Anna Bertha. Con ligera desaprobación por parte de los padres de Röntgen, Wilhelm y Bertha se casaron el siete de julio de 1872. De acuerdo a la usanza, antes de casarse, Anna Bertha tuvo que pasar una temporada con su suegra, quien le enseñaría a cocinar a su futura nuera.
Kundt se trasladó a la Universidad de Wurzburgo en Alemania, e invitó a Röntgen a convertirse en su asistente. Röntgen consiguió una casa en la Veitshchheimer Strasse. Sin embargo, dados sus antecedentes disciplinarios y su educación formal «inadecuada», Röntgen fue rechazado por esa universidad. Se trasladó, junto con Kundt, a la Universidad de Estrasburgo, en donde completó estudios en diversos campos de la física. A Estrasburgo también llegaron los padres de Röntgen. Sus publicaciones le dieron reconocimiento suficiente como para ser invitado como Profesor a la Universidad de Giessen, importante cargo que aceptó a los 34 años de edad. Fue precisamente en esa universidad donde Röntgen llevó a cabo el experimento que él mismo consideraría como su mayor aporte a la ciencia, incluso por encima del descubrimiento de los rayos X.
Según el fallecido Richard Feynman, uno de los más importantes físicos modernos, el mayor logro científico de la humanidad en el siglo XIX fue el desarrollo de la teoría electromagnética por James Clerk Maxwell. Este brillante modelo matemático, que fue elaborado en forma teórica y puramente intuitiva, fue puesto a prueba por el profesor Röntgen en el Laboratorio de Física de la Universidad de Giessen. Tras un arduo trabajo que le tomó tres años, Röntgen diseñó y construyó un aparato capaz de detectar las débiles corrientes electromagnéticas hasta entonces sólo teorizadas por Maxwell, y conocidas como «corrientes de desplazamiento», las mismas que más tarde Lorentz propondría bautizar como «corrientes de Röntgen.»
La complejidad de estos experimentos - y la modestia de Röntgen- explican que su magnitud sea reconocida sólo por unos pocos. Entre esos, Max Planck y Albert Einstein, quienes por estos experimentos postularon a Röntgen ante la Academia Prusiana de Ciencias en Berlín, como candidato para ser recibido como Miembro Correspondiente.
El 1o. de octubre de 1888, Röntgen aceptó el cargo de Director del nuevo Instituto de Física de la Universidad de Wurzburgo, la misma institución que años atrás lo había rechazado.
En 1894, fue nombrado Rector de la Universidad de Wurzburgo. En su discurso de posesión, citó al profesor Athanasius Kircher, uno de sus predecesores en la dirección del Departamento de Física, quien, más de dos siglos atrás había dicho:

«La naturaleza con frecuencia revela los más increíbles
fenómenos de la manera más simple, pero estos fenómenos
sólo pueden ser reconocidos por personas con juicio agudo y
espíritu investigativo, aquellos que han aprendido a obtener
información de la experiencia, maestra de todas las cosas.»

Röntgen no se imaginó que sus palabras, en menos de un año, se aplicarían a él mismo. Después del descubrimiento de los rayos X, recibió numerosas condecoraciones, entre las más destacadas la medalla de oro Rumford de la Real Sociedad de Londres, la medalla Elliot-Cresson del Instituto Franklin de Filadelfia y la medalla Barnard de la Universidad de Columbia, por recomendación de la Academia Americana de Ciencia.
En 1901, se convirtió en el primer galardonado con el premio Nobel de Física. Röntgen donó el dinero de este premio (50,000 coronas) para el apoyo de la investigación en la Universidad de Wurzburgo.
El Emperador Alemán le concedió la Orden del Mérito de la Corona Bávara, que conlleva no sólo la condecoración y el honor, sino el título de noble. Röntgen aceptó la condecoración pero declinó el estado de nobleza, y nunca utilizó el codiciado «von», considerado símbolo de alto nivel social.

El primer premio Nobel de Física

De acuerdo a las actas de la Academia de Ciencias de Suecia, reveladas casi 70 años después de la entrega de este primer premio, se nombró un Consejo de Miembros de la Academia para la selección de candidatos a este galardón. El Consejo recibía recomendaciones de un Comité Consultor Especial, formado por cinco prominentes físicos suecos, entre los que estaban Svante Arrhenius y Anders Ångström. Físicos de varias partes del mundo fueron invitados a sugerir candidatos. Entre éstos, el mismo Röntgen, quien postuló a Lord Kelvin.
Al final de este proceso, se contaba con 29 propuestas, doce de las cuales favorecían a Röntgen. Una era a favor de Lenard, y cinco recomendaban una división del premio Nobel entre ambos científicos. El comité Consultor sugirió esta última opción, pero en sesión plenaria de la Academia de Ciencias se rechazó esta recomendación, pues el mismo Nobel había sido muy específico en cuanto a que el premio debía entregarse sólo al científico más destacado del año. La decisión fue unánime en favor de Röntgen.

Enemistad con Lenard

Aunque Philipp Lenard inicialmente admiró y respetó a Röntgen, su enemistad se inició en 1901, año en que le otorgaron el Premio Nobel de Física a Röntgen, por su descubrimiento de los rayos X. Lenard se sintió defraudado y hasta traicionado por Röntgen, y se convirtió en su más acérrimo contendor. Röntgen y Lenard compartieron dos importantes premios otorgados en Viena y en París, y Röntgen reconoció la importancia de los trabajos de Lenard y Hertz en su conferencia de presentación de los rayos X.
En 1905, Lenard recibe su propio Premio Nobel por su trabajo con los rayos catódicos, pero esto no disminuyó su odio por Röntgen. Según Lenard,

«Röntgen fue la partera en el nacimiento del descubrimiento...
tuvo la fortuna de presentarlo primero, pero yo soy la madre
de los rayos X. Así como una partera no es responsable
del mecanismo del parto, Röntgen no es responsable
del descubrimiento de los rayos X, el cual simplemente cayó en su regazo.»

Lenard sostenía que cualquiera habría podido descubrir los rayos X después de conocer su trabajo con los rayos catódicos, pero nunca dio una clara explicación de porqué él mismo no los descubrió. Tampoco mencionó que su trabajo se basó en las investigaciones del profesor Hertz.
La más clara evidencia de esta enemistad se demostró durante la Alemania Nazi, en la que Lenard ocupaba un importante cargo en la jerarquía científica. Philipp Lenard completó su obra monumental de cuatro volúmenes acerca de la Física Alemana, en donde no se hace ninguna mención de Röntgen -ni de Einstein- en el texto, y cuyo prefacio es una larga diatriba en contra de los judíos. Muchos dedujeron de esto que Röntgen pertenecía a la raza judía. Cuando el radiólogo norteamericano Lewis Etter interrogó a Lenard al respecto, éste respondió:

«No era judío, pero era amigo de judíos y se comportaba como ellos.»

En el cincuagésimo aniversario del descubrimiento, la Sociedad Física Médica de Wurzburgo solicitó al ministerio Nazi de Correos y Telégrafos la emisión de una estampilla conmemorativa en honor a Röntgen. El ministro Ohensorg era físico, alumno de Lenard, y rechazó esta propuesta aludiendo que ese honor era reservado

«sólo para los ilustres.»

En 1900, por solicitud del gobierno Bávaro, Röntgen aceptó convertirse en Profesor de Física de la Universidad de Múnich y Director de su nuevo Instituto de Física.
En octubre de 1919, murió su querida esposa Anna Bertha, su compañera por casi 50 años. En su soledad, Röntgen leía las noticias más importantes del diario a un retrato de su fallecida esposa.
Se retiró de su posición como Profesor de Física de la Universidad de Múnich en 1920, pero tenía a su disposición dos laboratorios, en los que continuó haciendo investigaciones.
El 10 de febrero de 1923, Röntgen falleció en Múnich. De acuerdo a su voluntad, su cadáver fue cremado junto con su correspondencia personal y otros documentos. Sus restos se encuentran junto a los de su esposa y los de los padres de Röntgen en el Alten Friedhof de la ciudad de Giessen.
Todos los que trabajamos en radiología debemos nuestra actividad diaria al ingenio y perseverancia de un hombre, el profesor Wilhelm Conrad Röntgen. Vale la pena reflexionar si en nuestro trabajo nos esforzamos lo suficiente como para honrar su memoria.


Aníbal J. Morillo, MD
Miembro Activo, Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina
Coordinador Académico
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá



Lecturas recomendadas

Dawson, P.: Röntgen’s other experiment. Br J Radiol 1997; 70: 809
Eisenberg, R.L.: Radiology. An Illustrated History. Mosby Year Book, St. Louis, 1992.
Esguerra Gómez, G. Los rayos X en letras de molde. Artículo reproducido en: Revista El Informador Médico, Edición especial «100 años de la Radiología». 1995; Año 9 No. 52: 12-17.
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Friedman, M., Friedland, G.W.: Wilhelm Roentgen y el haz de rayos X. Cap.6. Los diez mayores descubrimientos de la medicina. Paidós Orígenes. Barcelona, 1999.
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